En marzo de este año perdi un riñón, estuve muy muy grave.

En un principio sentí una soledad inmensa porque con esto del Covid no podía ni siquiera recibir visitas. Pero a los días de operada tome conciencia de cuán acompañada estaba. Estaba mi familia , mis amigos , gente que donó sangre para mi que ni siquiera conocía. El personal del sanatorio que festejaban conmigo cosas tan tontas como poder hacer pis sentada . Nos enviamos cartas con las nutricionistas por medio de las tizaneras.

Y así entendí que la lucha no era solo mía, que nunca se esta sólo y que Dios es fiel y no nos abandona. Tengo 42 años y a pesar de haber quedado con un solo riñon ahora tengo una buena salud.

Ningún mal es eterno y ningún momento es igual a otro.

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